Una nueva galería Arquitectura, ubicación y descripción La
nueva nave se ubicará en el área libre localizada al sur-oriente
del Conjunto Lecumberri.
Su diseño arquitectónico respetará el contexto del Conjunto Lecumberri. Estructura y cimentación La estructura de la nueva galería será de acero, formando marcos metálicos y liberando un claro de 30 m, sin apoyos intermedios, con una altura de 12 m en la cumbrera. La cimentación será por el método de sustitución, desplantada a 1.00 m abajo del nivel de la banqueta y con una altura de 1.80 m, lo que permitirá la estabilidad de la nave dadas las condiciones de un subsuelo altamente compresible y de alta humedad. Instalación eléctrica y de aire acondicionado
El sistema permitirá el suministro y control tanto de la temperatura (21°C) como de la humedad (40%), valores que se mantendrán permanentes en cualquier época durante los 365 días del año. Sistema de detección y extinción de incendio Nueva
galería Se proyectó un sistema de detección temprana que permitirá evitar una descarga total eliminando el costo de reposición del gas. La totalidad del sistema opera mediante sensores de humo, extinción manual y local previa verificación, y en forma automática por inundación total. Conjunto
Lecumberri Instalación hidráulica y sanitaria Nueva
galería Conjunto
Lecumberri Instalación de circuito cerrado de televisión Nueva
galería Conjunto
Lecumberri Inversión
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Situación del recinto del AGN Falta de condiciones ambientales adecuadas Las
mediciones de las condiciones ambientales de los acervos en el palacio
de Lecumberri continúan mostrando que los niveles de temperatura
y humedad no cumplen con las normas internacionales. Principales problemas del inmueble del AGN El palacio de Lecumberri es un inmueble de la época porfiriana inaugurado en el año de 1900. La
Facultad de Arquitectura de la UNAM informó en 1998 que el inmueble.
En 1999 el Instituto de Ingeniería de la UNAM informó que el palacio de Lecumberri:
La Información Cartográfica del AGN elaborada por la Dirección de Servicios y Obras del Gobierno del D.F. muestra dos fallas geológicas ubicadas en la zona perimetral del AGN. La Facultad de Química de la UNAM informó en 1998 que existen:
El Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares dictaminó en 1998:
Recientemente (2004), la Coordinación General de Protección Civil de la Segob elaboró un diagnóstico de vulnerabilidad de las instalaciones donde definió al inmueble como de alto riesgo respecto de fenómenos de origen geológico, hidrometeorológicos y químico tecnológicos. Por otra parte, el Instituto de Investigaciones
Eléctricas también dictaminó que las instalaciones
eléctricas son obsoletas y están fuera de la norma oficial
mexicana, constituyendo riesgo de incendio. |
La casa del AGN, un proyecto inconcluso Si bien en su momento (1982) la decisión de asignar el palacio de Lecumberri al AGN significó un avance para los acervos nacionales, porque permitió concentrar en un repositorio los archivos distribuidos en tres diversos edificios con serias deficiencias para su conservación, las obras de adaptación fueron inconclusas, con inadecuada atención a los aspectos funcionales, amén de que el inmueble ha llegado a su umbral de saturación. |
Penitenciaría de México Con influencia de la escuela arquitectónica francesa, en la segunda mitad del siglo XIX se construyen en México, y particularmente en la capital del país, bellos y disímbolos edificios. Paralelamente se fueron dando mejorías urbanas: se erigieron monumentos, se embellecieron con fuentes las principales arterias de la capital, se construyeron modernos y amplios mercados y se edificaron estaciones de ferrocarril que ostentaban la ligereza de sus estructuras de hierro. De igual manera, la prensa periódica da cuenta de que casi por toda la República se construían cárceles o se modernizaban y se hacían mejoras sanitarias en las ya existentes. Aún antes de que se promulgara la Constitución de 1857, el gobierno ya había considerado modificar el defectuoso sistema carcelario que existía en el país. El arquitecto Lorenzo de la Hidalga había presentado un proyecto para construir una penitenciaría en la ciudad de México, el cual contemplaba un solo conjunto de cuerpos radiales así como la separación de las oficinas administrativas, siendo éstas la fachada principal, que era perpendicular al eje central del conjunto, rodeando todo por un muro. En 1881 se encargó el desarrollo del proyecto a una comisión compuesta por los señores. José M. del Castillo Velasco, José Yves Limantour, Miguel S. Macedo, Luis Malanco y Joaquín M. Alcalde, además de los generales José Ceballos y Pedro Rincón Gallardo, D. Agustín Rovalo y los ingenieros Antonio Torres Torija, Remigio Sáyago y Francisco de P. Vera. A la comisión se le había requerido que adoptara el Sistema Auburn, consistente en la incomunicación de los presos durante la noche y su comunicación en el trabajo durante el día. Al Ing. Antonio Torres Torija se le encargó el proyecto arquitectónico. El diseño encomendado se basó en la ideología de los panópticos, reclusorios pensados por Jeremías Bentham. Ese nombre expresa que su utilidad esencial es la facultad de ver desde un punto central todo cuanto se hace en el interior de un edificio o cárcel, y que recíprocamente desde cada celda pueda verse dicho punto central. Con ello se buscaba asegurar, arquitectónicamente, una visibilidad general de todo lo que sucedía en el interior del edificio. Después de un estudio se decidió utilizar un predio conocido como la cuchilla de San Lázaro, que fue propiedad de un español de apellido Lecumberri. La cárcel se construiría en el terreno ubicado en la prolongación de la calle del mismo nombre. El 9 de mayo de 1885 se iniciaron los trabajos de cimentación del edificio en la parte destinada para los hombres. En 1887 se concluyó la cimentación bajo la dirección del general. Miguel Quintana; en 1892, por el fallecimiento del mencionado general, se encomendó la dirección al ingeniero y arquitecto Antonio M. Anza, quien prosiguió con la obra hasta la terminación del primer piso. El edificio emplearía el acero como principal material ya que el sitio de emplazamiento exigía que se diera gran profundidad a los cimientos e incluso que el piso se construyera sobre bóvedas internas. Con el fin de terminar en el menor tiempo la obra, se contrató a la Pauly Jail Building Manufacturing Company, de Saint Louis Missouri. Esta compañía se comprometió a realizar el segundo piso en la parte de las celdas con material de acero, siguiendo los planos y especificaciones del Ing. Anza, quien se encargó de la inspección y sobrevigilancia. La obra se terminó en la fecha comprometida y fue entregada el 24 de enero de 1896. Poco mas tarde, aún durante la primera mitad de ese mismo año, se construyó la torre central. La planta diseñada por el Ing. Torres Torija para el palacio de Lecumberri siguió los ejemplos clásicos de las penitenciarías del siglo XIX, como el de la Santé de París y el de Filadelfia en Estados Unidos. Consideraba un pequeño patio dentro del cuerpo principal, en donde se localizaban la dirección y los juzgados antiguos y un gran conjunto con forma de estrella formado por siete crujías de distintas longitudes; la más pequeña de 49 metros de largo y la mayor de 121 metros. El total de las celdas construidas fue de 886 y en el centro de la estrella se ubicó una torre de vigilancia que contenía los tanques para almacenar agua. Si bien se terminó la construcción de la penitenciaría a fines de 1897, su inauguración se aplazó por la imposibilidad de conectar la atarjea del edificio con el Gran Canal del Desagüe. El edificio tuvo un costo de $2’396,914.84 de esa época. Terminado el edificio y dotado de cuanto necesitaba, se realizaron también las reformas legislativas que exigía el funcionamiento del sistema adoptado y la expedición del Reglamento General de Establecimientos Penales del Distrito Federal. La inauguración de la Penitenciaría se llevó a cabo el 29 de septiembre de 1900 a las 9:00 a.m, con la presencia del presidente de la República, el general Porfirio Díaz, y su gabinete. De los años 1908 a 1910 se realizaron trabajos de ampliación en el área de celdas de las crujías: “B”, “C”, “D”, “E” y en los talleres del lado sur. La penitenciaría albergó a ambos sexos hasta 1954, año en que se puso en servicio la cárcel de mujeres. Con este hecho la cárcel de Lecumberri quedó sólo para varones. A lo largo de 76 años, el palacio de Lecumberri fue escenario de aconteceres sociales y políticos; vivió las crisis que se sucedieron en México a lo largo del siglo XX: la Revolución Mexicana, la guerra cristera y movimientos sindicales, políticos y sociales. En sus paredes fueron plasmadas obras pictográficas de varios artistas, entre quienes sobresale Siqueiros, que dejó testimonio de su estancia en el que en su tiempo fue conocido como “Palacio Negro”. |
Remodelación
de Lecumberri
Con la evolución del sistema carcelario, Lecumberri dejó de ser funcional e insuficiente. Durante el sexenio del presidente José López Portillo (1976-1982) se inauguraron nuevos reclusorios, lo que permitió que se desalojara la cárcel de Lecumberri. Se planeó la demolición del edificio, sin embargo, como resultado de la opinión de voces expertas y los estudios correspondientes, se encontró un mejor uso para el histórico inmueble. Se destinaría para albergar el patrimonio documental de la nación, ya que ahí podría concentrarse en un solo edificio la totalidad de los archivos dispersos y así unificar el control, información y conservación de la documentación. Siendo secretario de Gobernación Jesús Reyes Heroles, el 27 de mayo de 1977, el presidente José López Portillo expidió el decreto correspondiente y se encomendó al arquitecto Jorge L. Medellín realizar la obra de remodelación del edificio que albergaría al Archivo General de la Nación. Los trabajos consistieron en la demolición de muros, desmonte de rejas, arreglo y aplanado de marcos de cantera en fachada y muros en el interior (Dirección, Administración, Sala Central, jardines, etc.), la creación de la cúpula (domo central de acrílico), instalaciones eléctrica, hidráulica, de riego, agua potable, drenaje, sistema contra incendios, etc. Se preservó en lo fundamental la obra que proyectó Antonio Torres Torija, restaurándose lo necesario. Además se techaron las siete crujías existentes y se construyó una octava para el ingreso del público al edificio. Es destacable la proporción monumental que adquirió el salón central cubierto por una cúpula. Las artísticas torres que se conservan para los visitantes son ejemplos vivos de la arquitectura de la época porfiriana. El proyecto consideró el espacio necesario para los acervos y los servicios de gobierno, biblioteca, hemeroteca, mapoteca, microfilmación, cubículos de investigadores, talleres para encuadernación, conservación y reproducción de documentos, áreas de difusión con una unidad para congresos, exposiciones y venta de reproducciones. La nueva sede del Archivo se inauguró el 27 de agosto de 1982 con la presencia del presidente José López Portillo, quien develó la placa alusiva a tan significativo acto. De esta manera se recuperó un edificio espléndido, se reorganizó una institución venerable y se formalizó un sistema que aseguraría la conservación de los documentos históricos y del servicio a los investigadores. Actualmente
el edificio resguarda 52 kilómetros de documentos que cubren
desde el siglo XVI hasta el siglo XX. Sus crujías, ahora llamadas
galerías, y sus celdas, ahora llamadas acervos, constituyen los
depósitos de la documentación que da testimonio de las
actividades, resoluciones, informes, planes, comunicaciones, etc., primordialmente
de la administración pública federal, pero también
de otros sectores de la sociedad. |
Inauguración
del AGN
A principios de 1977, por acuerdo del señor secretario de Gobernación, se procedió a realizar un estudio para concentrar en un solo edificio la totalidad de los archivos dispersos y así unificar el control, información y conservación de esta documentación. Después de analizar diversas alternativas se seleccionó como óptimo el edificio de la Antigua Penitenciaría, ubicado en Lecumberri, ya que éste sería un espacio suficiente para los acervos y los servicios del gobierno, biblioteca, hemeroteca, mapoteca, microfilmación, cubículos de investigadores, talleres para encuadernación, conservación y reproducción de documentos, áreas de difusión con una unidad para congresos, exposiciones y venta de reproducciones. El inicio de esta obra se llevó a cabo cuando se ratificó que sería el Archivo General de la Nación quien recibiría el palacio de Lecumberri, según el decreto presidencial del 27 de mayo de 1977. Este edificio se inauguró en octubre de 1982. Para la transformación de la penitenciaría en Archivo General de la Nación hubo que invertir el sistema panóptico, pero con el mismo rigor de un proceso arquitectónico: comenzando por el diseño lógico de los espacios dados en programas consecuentes y transformándolos en nuevos locales que respondieran a las necesidades de la Institución. Hoy en día, la construcción está compuesta por un edificio administrativo y siete edificios formados por crujías dobles de dos pisos, que confluyen en un patio central. El arquitecto Jorge L. Medellín reconstruyó el antiguo edificio del palacio en Archivo General de la Nación mediante la técnica del “reciclaje”. Además de los trabajos de restauración de la obra que proyectó Antonio Torres Torija, se techaron las siete crujías existentes y se construyó una octava para el ingreso del público al edificio. Como lo plantearon los expertos, destaca la proporción monumental que adquirió el salón central, acertadamente cubierto por una cúpula. De esta manera se recuperó un edificio espléndido, se reorganizó una institución venerable y se formalizó un sistema que aseguraría la conservación de los documentos históricos y del servicio a los investigadores. (Ver anexo, fotografía No. 2 del Salón Monumental del Archivo General de la Nación) Lo importante y trascendente de la transformación del palacio de Lecumberri de penitenciaría a Archivo General de la Nación, es tanto la incomparable labor que esta institución realiza cotidianamente en cuanto al contenido de los acervos bibliográficos como el rescate en 1980 de uno de los edificios que México construyó a finales del siglo pasado. El Archivo General de la Nación es el repositorio de las fuentes primordiales de nuestra historia nacional. Alberga valiosos documentos que cubren el periodo del siglo XVI hasta mediados del XX: códices, planos, mapas, documentos oficiales, correspondencia privada, registros de inventos y de bienes, testamentos, asuntos civiles, eclesiásticos, militares y cotidianos. A través de esta documentación es posible mirar un panorama de lo que ha sido México a lo largo de su existencia. El Archivo General de la Nación depende de la Secretaría de Gobernación y tiene la responsabilidad de custodiar, ordenar, describir, restaurar y difundir los documentos y expedientes que conforman sus acervos, facilitando y promoviendo su consulta y su aprovechamiento público. Los archivos constituyen los resguardos culturales de los pueblos, ya que el patrimonio documental de la nación es un recurso invaluable tanto para el respaldo de la administración pública como para los derechos de los ciudadanos, la educación, la investigación y la cultura. Los archivos también constituyen fundamentos de juridicidad para asuntos de carácter legal, ya que al ser repositorios de fuentes de información testimonial contribuyen a la defensa de derechos de la población, lo que los convierte en centros neurálgicos de la toma de decisiones jurídicas y administrativas. En la actualidad el “patio celular para los reos del primer periodo del Palacio de Lecumberri” no sugiere lo que fue cuando funcionaba como cárcel-taller para los reos peligrosos de primer ingreso a esta penitenciaría. El
proyecto que aquí se presenta pretende recuperar el concepto
arquitectónico de este aspecto importante en las construcciones
realizadas en nuestro país a finales del siglo XIX. Sin embargo,
a pesar de la exitosa obra de reconstrucción finalizada en 1982
del palacio de Lecumberri y de la construcción monumental del
Salón Central acertadamente cubierto por una cúpula, a
las torres de vigilancia se les ha dejado intactas por lo que hoy en
día presentan graves deterioros que ponen en riesgo su permanencia
en tan importante edificio de uso público. Cabe señalar
que estas artísticas torres son quizás los únicos
ejemplos que subsisten de este tipo de arquitectura porfiriana, que
proyecta celdas circulares propias de finales del siglo XIX, ya que
cada una de ellas contaba con su escalera y el resto del espacio estaba
subdividido en varias celdas de diferentes tamaños, las cuales,
al ser techadas parcialmente, obligaban a los presos a dormir expuestos
a las bajas temperaturas y con la humedad de los días lluviosos.
Es pertinente destacar que el área fue conocida como de ejercicios,
donde recluían a los detenidos que llegaban alterados, para que
se fueran calmando antes de ser integrados a las crujías. Hoy
en día sólo quedan las torres de vigilancia, torres que
es necesario recuperar ya que son testimonio histórico y arquitectónico
de aquella época.
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“El último día” del Palacio Negro A las pinturas y dibujos del Palacio Negro las mostró un mismo evento y poco después las destruyó. En 1979, por disposición oficial, la cárcel de Lecumberri y dejó de funcionar y se iniciaron las labores de remodelación para convertirse en la nueva sede del Archivo General de la Nación. Este hecho histórico y trascendental no podía quedar inadvertido, fue así que el fotógrafo Arturo Córdova Tovar acudió a las instalaciones un día antes de iniciarse la remodelación y tomó imágenes que quedaron plasmadas como testimonio de aquellos que pasaron por el llamado Palacio Negro. Un día la prisión dejó de ser y otros ojos, que no eran los ojos del castigo ni de la pena, vieron los colores en los muros, los recados en las paredes los dibujos, las siglas, un mundo interior tal cual era ahí el instante de su disolución. Un mundo de diseños que asombró a los pocos visitantes que los vieron, pero que estaba irremediablemente destinado a ser destruido. Y así lo fue. Afortunadamente para nosotros, y para la posteridad, la inquietud de un joven, su amor a las fotografías y la lucidez de su entendimiento, hicieron posible que las imágenes de las paredes fueran salvadas, preservados los colores, conservados los dibujos y las leyendas. Arturo Córdoba, con entrega y pasión admirables y con el objetivo en los ojos y el botón obturador en los dedos, fue traspasando a veladuras de luz lo que la realidad le mostraba. Gracias a Córdova Tovar, una parte de lo que era Lecumberri al momento de su clausura sobrevivirá por muchos años. En las imágenes de Lecumberri hay varios tiempos acumulados en el mismo mensaje, y varios espacios también. Partiremos de este momento, que es un tiempo y espacio determinado, en este ahora recibimos unas fotos con unas imágenes que conllevan, sobrepuestos: 1) El momento de tomar las fotos durante el cambio de funciones de un edificio, convertido por ellos en un espacio medio derruido en aras de su acoplamiento como archivo. 2) El momento de la manufactura de las imágenes - las mismas que tiempo después serían fotografiadas -, elaboradas cuando Lecumberri era una cárcel en operación; ese momento de hechura, teniendo en cuenta una cierta lógica presidiaria, no podía ser mayor a diez años atrás de cuando la prisión fue cerrada. 3) El soporte material de las imágenes: las paredes de una prisión inaugurada setenta años antes, en una ciudad con más de medio milenio de ser centro de ruidosas civilizaciones. El conjunto de fotografías tomadas cuando la clausura del presidio de Lecumberri, sólo es representativo de la generación de los hombres que lo ocupaban en esa etapa. En una cárcel del tipo y mentalidad del Palacio Negro, lo privado existía sólo como excepción, como premio, porque la regla era que junto con su libertad un condenado perdía su espacio privado. Darse cuenta de ello era para muchos la tragedia mayor; no había privacidad ni en el sueño, ni en los actos de desecho, ni en la higiene, ni siquiera en la visita conyugal, porque aunque el ritual en sí quizás estaba velado, no lo eran el día, ni los trámites, ni el turno para usar las alcobas. Lo más privado que existía en Lecumberri era la celda, y dentro de la celda, compartida con otros casi siempre, la pared frente a mis ojos, la que puedo ver sólo con mis propios ojos, y por ello se transforma en mi espacio, aunque su posesión fuese meramente imaginaria. Por eso posiblemente las paredes de las celdas se construían en el espacio de libertrad de los presos - y también en una forma de pasar el tiempo, una "entretensión": entre tensión y tensión liberaban tensión. Arturo Córdoba Tovar tomó las imágenes en 1979, sin embargo, fue hasta 1999 que las reprodujo para la publicación de su libro, tres años después las donó al AGN. Córdoba asignó un título a cada fotografía, la gran mayoría de los nombres los formuló tomando en cuenta la inmediata vista de la imagen y/o de los escritos en la pared. Muchos de ellos son sumamente afortunados. Sin embargo, hay que tener presente que ese nombre, por el que reconocemos cada imagen, no pertenece al primer mensaje, al mensaje del creador, sino que proviene del segundo mensaje, que es la fotografía. (En el lenguaje de la comunicación, para el caso que nos ocupa, hay duplicidades que en parte ya explicamos: a) Un emisor primero, autor de la pintura o dibujo, con su soporte y mensaje, y un emisor segundo, el fotógrafo, con soporte e imagen independiente el primero. b) Un mensaje del emisor primero para su espacio y tiempo, más un mensaje del emisor segundo sin límite de recepción en tiempo y espacio. c) Un receptor para el mensaje del primer emisor, y un receptor para el mensaje del segundo receptor, quien por medio de la meditación, puede entender en parte el primer mensaje.) Una lectura profunda de las imágenes tendría necesariamente que establecer diferentes horizontes de lectura. Gracias a Córdova Tovar, una parte de lo que era Lecumberri al momento de su clausura sobrevivirá por muchos años. El material ingresó al AGN por donación, hecha por Arturo Córdova Tovar en el año 2000. Anne
Lebblay |