Causa
militar contra Miguel Hidalgo y Costilla, 1811
[f.
1] Para adelantar todo lo posible y según lo exigen las
circunstancias la formación de las breves sumarias que
corresponden contra los reos cabezas de la insurrección
que existen presos en esta villa, he determinado comisionar
a Vuestra Merced a fin de que practique las diligencias y declaraciones
respectivas al Cura Hidalgo, y los nombrados Generales Allende,
Ximénez y Aldama en cuya consecuencia autorizo a Vuestra
Merced para el efecto, y también para el nombramiento
de escribano en dichas actuaciones, sirviendo a Vuestra Merced
de gobierno que para lo que pueda convenir, le acompaño
a Vuestra Merced bajo la adjunta carpeta las constancias que
relativas a algunos de los mismos sujetos existen en esta superioridad.
Dios guarde a Vuestra Merced muchos años. Chihuahua
6 de mayo de 1811.
Nemesio
Salcedo.
Señor Don Ángel
Abella.
Chihuahua 7 de mayo de 1811.
Por
recibido, y aceptada la comisión que se me confiere por
el Señor Comandante General de estas provincias Internas
Don Nemesio Salcedo, en virtud del oficio de Su Señoría
que antecede, en cuya consecuencia y para la práctica
de las actuaciones que en él se previene, nombro por
escribano de ella a Francisco Salcido, soldado de la 3ª.
compañía volante, a quien teniendo presente y
aceptado el cargo, recibí juramento en forma que hizo
a Dios y al Rey, el guardar sigilo y fidelidad en cuanto actuare;
y para la debida constancia lo firmó conmigo en dicho
día, mes y año, de que yo el presente escribano
doy fe.
Por
mi, y ante mi.
Ángel Abella. Francisco
Salcido.
Inmediatamente
en dicho día, mes y año, el señor Juez
Comisionado Don Ángel Abella en prosecución de
las [f. 1v] diligencias de que está encargado por el
señor comandante general se trasladó al hospital
de esta villa en donde se hallan presos los reos Don Miguel
Hidalgo y consortes, y constituidos en la prisión del
expresado Don Miguel Hidalgo teniéndolo a su presencia
le recibió juramento que hizo tacto pectore et corona,
bajo el cual prometió decir verdad en lo que supiere
y le fuere preguntado, y siéndolo por su nombre y apellido,
edad, religión, estado, empleo, calidad y vecindad. Dijo:
llamarse Don Miguel Hidalgo y Costilla, cincuenta y ocho años
de edad: religión Católica, Apostólica,
Romana. Estado presbítero, cura párroco de los
Dolores, pueblo del Obispado de Valladolid, español,
y su vecindad la de su curato y responde.
1ª.
Preguntado, si sabe la causa de su prisión, por quién
fue aprehendido, en dónde, y qué otros sujetos
fueron aprehendidos con él: sus nombres y carácter
entre los insurgentes, y cuál es su paradero actual,
particularmente el de los llamados Don Ignacio Allende; Don
José Mariano Ximénez y Don Juan Aldama. Dijo:
que aunque no se la ha dicho la causa de su prisión,
supone sea por haber tratado de poner en independencia este
reino: que fue aprehendido por un Don N. Flores y un cuerpo
de tropas que tenía a su disposición, en el Puesto
de Baxán, en la provincia de Coahuila, cuyo cuerpo de
tropa sería como de doscientos hombres: Don Ignacio Allende
nombrado Generalísimo: Don José Mariano Ximénez
Capitán General, Don Juan de Aldama Teniente General:
Don Mariano Abasolo, Mariscal de Campo: Don Francisco Lanzagorta
Mariscal de Campo: Don Manuel Santa María Gobernador
de Monterrey que era, y ahora Mariscal, Don N. Carrasco no se
acuerda si Brigadier o Mariscal: Don José [f. 2] Santos
Villa Coronel que fue de la insurrección de un regimiento
y dejó de serlo por haberse acabado el regimiento: Don
Mariano Hidalgo Tesorero General del ejército: Don Pedro
Aranda Mariscal: Don N. León, no sabe su graduación.
Don N. Valencia que se agregó al ejército en Zacatecas
ignorando con qué graduación, como otros varios
sujetos y todo su ejército, a excepción de los
que pueden haberse huido fueron aprehendidos con el que declara,
y los nombrados conducidos a esta villa desde la Monclova en
unión del mismo, quien actual ignora su paradero: que
el que declara ha tenido en la insurrección el carácter
de Capitán General que se le confirió en Celaya,
por el ejército que lo seguía desde el pueblo
de Dolores, San Miguel el Grande y otros, el cual conservó
hasta Acámbaro, que se le confirió por la oficialidad
de dicho ejército el de Generalísimo, y todo el
mando político supremo, uno y otro con el tratamiento
de excelencia, el cual se le convirtió después
en el de Alteza, que unos se la daban simple, y otros con el
aditamento de Serenísima, pues así este tratamiento
como el de Excelencia se lo dieron arbitrariamente, y sin orden
ni acuerdo formal precedente: que con este carácter siguió
hasta que perdida la acción de Puente de Calderón
en Guadalajara, y retirándose sobre Zacatecas, fue alcanzado
en la Hacienda del Pabellón, que está entre dicha
Ciudad, y la villa de Aguascalientes, por Don Ignacio Allende,
nombrado Capitán General desde que el que declara fue
investido con el titulo de Generalísimo en Acámbaro,
y en dicha hacienda fue amenazado por el mismo Allende, y algunos
otros de [f. 2v] su facción, entre ellos el nombrado
Teniente General Arias, Casas, Arroyo, únicos de quienes
hace especial memoria, de que se le quitaría la vida,
si no renunciaba el mando en Allende, lo que hubo de hacer,
y lo hizo verbalmente, y sin ninguna otra formalidad, desde
cuya fecha siguió incorporado al ejército sin
ningún caracter, intervención y manejo, observado
siempre por la facción contraria, y aún a llegado
a entender que se tenía dada orden de que se le matase
si se separaba del ejercito, lo mismo que contra Abasolo y
el nombrado General Iriarte, y responde.
2ª.
Adónde y con qué objeto el mismo que declara y
el ejército que dice, marchaban por aquel rumbo de Baxán
y de Monclova. Dijo: que el que declara marchaba con el ejército
en los términos que deja expresados, y más bien
como prisionero que por propia voluntad, y asi ignora positivamente
el objeto de esta marcha, aunque presume que llevarían
el de hacerse de armas en los Estados Unidos; pero mas el particular
de Allende y Ximénez de alzarse con los caudales que
llevaban y dejar fustrados [frustrados] a los que los seguían,
pues desde Zacatecas advirtió en Allende que procuraba
deshacerse de la gente antes que de engrosarla, y lo advirtió
mucho mejor, luego que se juntó con Ximénez en
el Saltillo, teniendo en prueba de ésta presunción
que el declarante les dijo allí, que la gente se iba
desertando, y los dos le contestaron que no le hacía,
y responde.
3ª.
Preguntado: Que por lo que tiene declarado se viene en conocimiento
de que sabe y tiene noticia de la llamada insurrección,
que a mediados [f. 3] del mes de septiembre próximo pasado
se suscitó en el pueblo de Dolores y otros del Distrito
del Virreynato de Nueva España; diga quién o quiénes
fueron los primeros y principales motores de ella, con quiénes
y con qué medios contaron antes y después de promovida
asi de dentro como de afuera del reino, quiénes los han
fomentado con dinero, consejos, arbitrios, esperanzas, o de
cualquiera otra manera: las conexiones y relaciones por escrito,
de palabra o por interpuestas personas que hayan tenido con
tales sujetos de dentro y fuera del Reino, y en dónde
paran las constancias que acreditan todo lo referido. Dijo:
que en efecto sabe y tiene noticia de lo que la pregunta inquiere
y que la expresada insurrección tuvo principio en el
expresado pueblo el día 16 de septiembre próximo
pasado como a las cinco de la mañana: que los principales
motores de ella fueron el que declara y Don Ignacio Allende
en el modo y forma que va a expresar. Que es cierto que el declarante
había tenido con anticipación varias conversaciones
con Don Ignacio Allende acerca de la independencia, sin otro
objeto por su parte que el de puro discurso, pues sin embargo
de que estaba persuadido de que la independencia sería
útil al Reino, nunca pensó entrar en proyecto
alguno a diferencia de Don Ignacio Allende, que siempre estaba
propenso a hacerlo, y el declarante tampoco lo disuadía,
pues lo más que llegó a decirle en alguna ocasión,
fue que los autores de semejantes empresas no gozaban el fruto
de ellas: que así se fue pasando el tiempo hasta a principios
del mes de septiembre referido, que Allende hizo un viaje a
la ciudad de Querétaro, desde donde envió a llamar
al declarante que pasase allá [f. 3v] por medio de una
carta en que le decía que importaba mucho, y con estrechos
encargos al mensajero de que le instare al efecto. Que habiendo
accedido a sus instancias y estando en Querétaro, le
presentó Allende dos o tres sujetos de poco carácter,
y que el declarante no conoce, y solo sabe que uno se llamaba
Don Epigmenio, los cuales se prestaban a sus ideas, y decían
tener a su devoción más de doscientos de la plebe;
visto lo cual le pareció al declarante que aquello no
tenía forma, y se lo hizo presente a Allende, retirándose
a su curato, aunque el Allende le significó que también
por las haciendas de campo de aquellas inmediaciones contaba
con más gente: que Allende se quedó allí,
y a poco tiempo volvió a escribir al declarante que efectivamente
aquello no valía nada, a que le contestó que no
contase con él para cosa alguna: que seguidamente Allende
se volvió a San Miguel el Grande, y a escribir al declarante
que ya las cosas habían variado, y que se le había
presentado mucha gente asi en Querétaro como en las haciendas,
después de la última que le había escrito;
con la cual ya se redujo el declarante a entrar por el partido
de la insurrección, y en consecuencia empezó a
dar algunos pasos hacia la ejecución, mandando hacer
como unas veinte y cinco lanzas que se fabricaron en el mismo
pueblo de Dolores y Hacienda de Santa Bárbara, perteneciente
a los Gutiérrez, que eran sabidores de lo que se trataba,
encargando a éstos que hiciesen gente citándolos
para el día que los llamase, tratando con el tambor mayor
del Batallón de Guanajuato llama [f. 4] do Garrido, el
cual quedó en hablar a la tropa, y no sabe lo que practicó
en razón del caso, que en esto como tres o cuatro días
antes del diez y seis tuvo el declarante noticia, aunque vaga,
de que Allende estaba delatado, por lo que lo llamó a
Dolores para ver lo que él resolvía; pero nada
resolvieron en la noche del catorce que llegó a su casa
ni en todo el día quince que se mantuvo allí,
hasta que a las dos de la mañana del diez y seis vino
Don Juan Aldama, diciéndoles que en Querétaro
habían aprehendido a sus confidentes, en cuya vista en
el mismo acto acordaron los tres dar el grito, llamando para
ello el declarante como diez de sus dependientes, y dando soltura
a los presos que había en la cárcel, obligando
al carcelero con una pistola a franquear las puertas de ella,
y entonces les previno a unos y otros que les habían
de ayudar a aprehender los europeos, lo que se verificó
a las cinco de la mañana del mismo día sin otra
novedad que la de unos cintarazos que se dieron a Don José
Antonio Larrinúa porque se iba huyendo: que puestos en
la cárcel los europeos, cerradas las tiendas de unos,
dejadas otras a cargo de los cajeros criollos, o de sus familias,
y viniéndose a su partido los indios y rancheros que
por ser domingo habían ocurrido a misa, trataron de encaminarse
a San Miguel el Grande, en prosecución de su proyecto,
que como el declarante solo trató con Allende este negocio
en los términos que deja expresados, y la prisión
de los confidentes de Querétaro lo precipitó,
no tuvo dentro ni fuera del reyno conexiones ni relaciones algunas
por escrito ni de palabra ni por interpuestas personas antes
[f. 4v] ni después de la insurrección, ni sabe
que antes ni después las hayan tenido Allende y los demás
que sucesivamente se fueron agregando en calidad de principales
cabos de dicha insurrección, ni sabe otra cosa que lo
que resulta de lo que lleva declarado en esta su posición
respecto de sí, y de Allende: En este estado y por ser
ya las dos de la tarde el Señor Juez Comisionado Don
Ángel Abella, mandó suspender ésta declaración,
para continuarle en la tarde de éste mismo día,
la cual leída que le fue al declarante dijo ser la misma
que lleva hecha y su contenido la verdad so cargo del juramento
que lleva prestado, en que se afirmó y ratificó,
y firmó con dicho señor comisionado, y conmigo
el presente escribano de que doy fe.
Ángel
Abella. Miguel
Hidalgo.
Ante,
mí
Francisco
Salcido.
Historia,
vol. 595.