Manifiesto
de José María Cos titulado "La nación
americana a los europeos vecinos de este Continente",
1812
[f.
155] La nación americana a los europeos vecinos de
este continente.
Hermanos, amigos y conciudadanos: La santa religión que
profesamos, la recta razón, la humanidad, el parentesco,
la amistad, y cuantos vínculos respetables nos unen estrechamente
de todos los modos, que pueden unirse los habitantes de un mismo
suelo, que veneran a un mismo soberano y viven bajo la protección
de unas mismas leyes, exigen imperiosamente que prestéis
atento oído a nuestras justas quejas y pretensiones.
La guerra, este azote devastador de los reinos mas florecientes,
y manantial perpetuo de desdichas, no puede producirnos utilidad,
sea el que fuere el partido vencedor, a quien pasada la turbación,
no quedará otra cosa mas que la maligna complacencia
de su victoria, pero tendrá que llorar por muchos años
males irreparables, comprendiéndose acaso entre ellos,
como es muy de temerse, el de que una mano extranjera de las
muchas que andan a poseer esta preciosa porción de la
monarquía española, aprovechándose de nuestra
desunión y provocada por nosotros mismos, nos imponga
la ley, cuando no sea ya tiempo de evitarlo, mientras que frenéticos
y enloquecidos con un ciego furor nos acuchillamos unos a otros,
sin querer oírnos, ni examinar nuestros recíprocos
derechos, ni saber cuales sean nuestras miras, obstinados vosotros
en calumniarnos en vuestras provincias judiciales, y papeles
públicos, fundados en una afectada equivocación,
y absoluto desentendimiento del fondo de nuestras intenciones.
Pero
esta lluvia de desgracias, que nos amenaza, no puede menos que
descargar con mayor rigor sobre la parte europea, mas pequeña
que la nuestra, defectible por su naturaleza, e incapaz de reemplazar
sus pérdidas. Por que desengañémonos, este
no es un fenómeno de pocos instantes, o un fuego fatuo
de la duración de unos minutos, ni es un fermento, que
solo ha inficionado alguna porción de la masa, [f. 155v]
toda la nación americana está conmovida, penetrada
de sus derechos, impregnada del fuego sagrado de patriotismo,
que aunque solapado, cause su efecto por debajo de la superficie
exterior, y producirá algún día una explosión
espantosa. ¿Por qué ventura creéis que
hay algún lugar donde no haya prendido la tea nacional?
¿Vosotros mismos no decís, que todo el mundo es
insurgente? ¿Os persuadís de buena fe a que vuestros
soldados criollos son mas adictos a vuestra causa, que a la
nuestra? Pensáis que no están a la hora de esta,
desengañados acerca de los verdaderos motivos de la guerra.
¿Por qué en vuestra presencia se explican de distinto
modo de lo que sienten dentro de sus corazones, los suponéis
desposeídos de amor propio y desprendidos de sus particulares
intereses? Si es así, os engañáis muy torpemente:
La dolorosa experiencia de los que han pasado en dieciocho meses
que llevamos de la mas sangrienta guerra, os está dando
a conocer que no tratáis con un vil rebaño de
animales, sino con entes racionales y demasiado sensibles: los
repetidos movimientos acaecidos en los lugares, sin que se haya
escapado la capital del reino, os hacen ver los sentimientos
de que se halla actuada la nación y sus extraordinarios
esfuerzos para sacudir el yugo de plomo que tiene sobre su cerviz.
¿Es posible que no conozcáis, que esta es la voz
general de la nación, y no de algunos pocos zánganos
como los llamáis? ¿No leéis en el semblante
de todos su disposición y sus deseos unánimes
de que triunfe su patria? ¿En vuestras expediciones habéis
conquistado un solo corazón? ¿Y son mas que otros
tantos soldados a nuestro favor todos los patriotas, que levantáis
de guarnición en los pueblos? ¿Esta providencia
débil es otra cosa que armar a la nación para
vuestra ruina, cuando llegue el caso de la universal explosión?
¿No advertís que vuestros procedimientos han irritado
a los americanos de todas clases y engendrado hacia vosotros
un odio, que se aumenta de día en día? ¿Es
posible que la pasión os haya cegado hasta tal punto,
que estéis persuadidos a que os han de preferir siempre
en su estimación respecto de sus hermanos, parientes
y amigos postergándolos y sacrificándolos a vuestro
capricho, por solo complaceros a vosotros, gente advenediza
y desconocida para ellos? Así que deponiendo por un momento
el fanatismo [f. 156] y la preocupación, ya que no por
amor a la verdad y a la justicia, a lo menos por vuestra propia
conveniencia, escuchad nuestras quejas y nuestras solicitudes.
Sin
querer daros por entendidos de cuales sean estas, nos habéis
llamado herejes, excomulgados, rebeldes, insurgentes, traidores
al rey y a la patria: Habéis agotado los epítetos
mas denigrativos, y las mas atroces calumnias, para infamar
a la faz del orbe la nación mas fiel a Dios y a su rey
que se conoce bajo las estrellas, con solo el objeto de alucinar
a los ignorantes y hacerles creer, que no tenemos justicia en
nuestra causa, ni se deben oír nuestras
pretensiones. Vuestra conducta y la de vuestras tropas no ha
respetado ley alguna divina, ni humana: Habéis entrado
a sangre y fuego en pueblos habitados de gente inocente y sedientos
de sangre humana la habéis derramado a raudales, sin
perdonar sexo, edad, ni condición, cebando vuestra saña
en los inermes y desvalidos, ya que no habéis podido
haber a las manos a los que llamáis insurgentes, quemando
casas, haciendas y posesiones enteras, saqueando furiosamente
cuantiosos caudales, alhajas y vasos sagrados y talando las
mas abundantes sementeras: Cuando os lisonjeáis de haberos
portado con piedad, habéis ejecutado cruelmente la ley
inicua del degüello quitando o diezmando pueblos numerosísimos
con escandaloso quebrantamiento del derecho natural y positivo:
Habéis profanado el piadoso respeto debido a los cadáveres,
colgándolos en los campos para pasto de los brutos: Habéis
marcado con ignominiosas señales a los que habéis
dejado vivos: Habéis insultado con irrisiones y befas
a los moribundos condenados a muerte, por vuestra cruel venganza
sin oírlos: habéis desenfrenado vuestra furiosa
lascivia con estupros inmaturos ejecutados en tiernas niñas
de nueve años, con adulterios, con raptos de todas clases
de mujeres de carácter y de conocida virtud: Habéis
profanado los templos con estas mismas obscenidades, alojándoos
en las casas de Dios, con mas número de mancebas que
de soldados y convirtiendo los atrios y cementerios en caballerías:
Habéis puesto vuestras manos sacrílegas en nuestros
sacerdotes criollos, maniatándolos, poniéndolos
en cuerda con gente plebeya, confundiéndolos con la misma
en las cárceles públicas, haciéndoles sufrir
una muerte continuada en horribles bartolinas y calabozos, asegurándolos
con esposas y grillos, condenándolos a muerte y a presidio
en consejo diabólico que llamáis de guerra y [f.
156v] ejecutando muchas veces estos atentados, aún sin
intervención de vuestros jefes seculares, por el solo
capricho de un europeo, que haya querido explicar su odio personal,
despreciando fueros, e inmunidades con escándalo del
mundo religioso, acostumbrado hasta aquí, a venerar el
altar: Con iguales desprecios habéis ultrajado las personas
de primera nobleza americana, manifestando en vuestros dichos
y hechos, que habéis declarado la guerra al clero y a
los nobles de América.
Os
llamáis atrevidamente señores de horca y cuchillo,
dueños de vidas y haciendas, jueces de vivos y muertos
y por acreditarlo, no perdonáis asesinatos, robos, incendios,
ni libertades de toda especie, hasta atreveros a inquietar las
cenizas de los difuntos, exhumar los cadáveres de los
que han fallecido de muerte natural para juzgarlos y lograr
la vil satisfacción de colgarlos
en los caminos públicos: Habéis cometido la cobarde
torpeza de poner en venta las vidas de los hombres, cohechando
asesinos secretos, y ofreciendo crecidas sumas de dinero por
bandos públicos, circulados en todo el reino, al que
matase a determinadas personas. Hasta aquí pudo llegar
la desvergüenza de una felonía reprobada por todo
derecho, que ha roto el velo del pudor, y se hará increíble
a la posteridad. ¡Atentado horrible! ¡Sin ejemplar
en los anales de nuestra historia, tan contrario al espíritu
de la moral cristiana, subversivo del buen orden; y opuesto
a la majestad, decoro y circunspección de nuestras sabias
leyes; como escandaloso a las naciones mas ignorantes que saben
respetar los derechos de gentes y de guerra! Habéis tenido
la temeridad de arrogaros la suprema potestad y bajo el augusto
nombre del rey, mandar orgullosa y despóticamente sobre
un pueblo libre, que no conoce otro soberano que Fernando 7°,
cuya persona quiere representar cada uno de vosotros con atropellamientos
que jamás ha ejecutado el mismo rey, ni los permitiría
aún cuando este asunto se opusiera a su soberanía,
el que conociendo vosotros por un testimonio secreto de vuestra
conciencia que concierne directa y únicamente a los particulares
individuos, lo tratáis con mas severidad que si fuera
relativo al mismo rey: Habéis pretendido reasumir en
vuestras personas privadas los sagrados derechos de religión,
rey y patria, aturdiendo a los necios con estas voces tantas
veces profanadas por vuestros labios acostumbrados a la mentira,
calumnia [f. 157] y perfidia: Os habéis envilecido a
los ojos del mundo sensato con haber querido confundir esta
causa, que es puramente de estado, con la causa de religión
y para tan detestable fin habéis impelido a muchos ministros
de Jesucristo a prostituir en todas sus partes las funciones
de su ministerio sagrado. ¿Cómo podéis
combinar estos inicuos procedimientos con los preceptos severos
de nuestra religión, y con la inviolable integridad de
nuestras leyes? ¿Y a quién sino a la espada podemos
ocurrir con justicia cuando vosotros siendo partes, sois al
mismo tiempo nuestros jueces, nuestros acusadores y testigos,
en un asunto en que se disputa si sois vosotros los que debéis
mandar en estos dominios a nombre del Rey, o nosotros que constituimos
la verdadera nación americana? ¿Si sois unas autoridades
legítimas ausente el soberano, o intrusas y arbitrarias,
que queréis apropiaros sobre nosotros una jurisdicción
que no tenéis, y nadie puede daros?.
Esta espantosa lista
de tamaños agravios impresa vivamente en nuestros corazones,
sería un terrible incentivo a nuestro furor que nos precipitaría
a vengarlos nada menos que con la efusión de la última
gota de sangre europea existente en este suelo, si nuestra religión
mas acendrada en nuestro pechos, que en los vuestros, nuestra
humanidad, y la natural suavidad de nuestra índole, no
nos hiciesen propender a una reconciliación antes que
a la continuación de una guerra, cuyo éxito cualquiera
que sea no puede prometeros mas felicidad que la paz, atendidas
vuestra situación y circunstancias. Porque si entráis
imparcialmente en cuentas con vosotros mismos, hallaréis
que sois mas americanos que europeos. Apenas nacidos en la península
os habéis transportado a este suelo, desde vuestros tiernos
años, y habéis pasado en el, la mayor parte de
vuestra vida, os habéis imbuido en nuestros usos y costumbres,
connaturalizados con el benigno temperamento de estos climas;
contraído conexiones precisas; heredado gruesos caudales
de vuestras mujeres, o adquiriéndolos con vuestro trabajo
e industria; obtenido sucesión y criado raíces
profundas: Muy raro de vosotros tiene correspondencia con los
ultramarinos sus parientes, o sabe el paradero de sus padres,
y desde que salisteis [f. 157v] de la madre patria formasteis
la resolución de no volver a ella.
¿Qué
es pues, lo que os retrae de interesaros en la felicidad de
este reino, de donde os debéis reputar naturales? ¿Es
acaso el temor de ser perjudicados? Si hemos hecho hostilidades
a los europeos ha sido por vía de represalias, habiéndolas
comenzado vosotros. El sistema de la insurrección jamás
fue sanguinario: Los prisioneros se trataron al principio con
comodidad, decencia y decoro: Innumerables quedaron indultados,
no obstante que perjuros, e infieles a su palabra de honor se
valían de esta benignidad para procurarnos todos los
males posibles y después han sido nuestros mas atroces
enemigos. Hasta que vosotros abristeis la puerta a la crueldad,
empezó a hostilizaros el pueblo de un modo muy inferior
al con que vosotros os habéis portado. Por vuestra felicidad,
pues mas bien que por la nuestra desearíamos terminar
unas desavenencias, que están escandalizando al orbe
entero, y acaso preparándonos en alguna potencia extranjera,
desgracias que tengamos que sentir ya tarde, cuando no podamos
evitarlas. Y así en nombre de nuestra común fraternidad
y demás sagrados vínculos que nos unen, os pedimos
que examinéis atentamente con imparcialidad sabia y cristiana,
los siguientes planes de paz y de guerra fundados en principios
evidentes de derecho público y natural, los cuales os
preparemos a beneficio de la humanidad, para que eligiendo el
que os agrade, ceda siempre en utilidad de la nación.
Sean nuestros jueces el carácter nacional, y la estrechez
de circunstancias las mas críticas, bajo las cuales está
gimiendo la monarquía.
Plan de Paz
Principios naturales y legales en que se funda.
1.- La soberanía reside en la masa de la nación.
2.-
España y América son. Partes integrantes de la
monarquía sujetas al rey; pero iguales entre sí,
y su dependencia y subordinación de una respecto a la
otra.
3.-
Ausente el soberano, ningún derecho tienen los habitantes
de la
península para apropiarse la suprema potestad y representar
la real
persona en estos dominios.
4.-
Todas las autoridades dimanadas de este origen son nulas.
5.-
El conspirar contra ellas la nación americana, repugnando
[f. 158] someterse a un imperio arbitrario, no es mas que
usar de su derecho.
6.-
Lejos de ser esto delito de lesa majestad (en caso de ser
alguno, sería de lesos europeos y estos no son majestad) es un
servicio digno del reconocimiento del rey, y una efusión
de su patriotismo que su majestad aprobaría si estuviera
presente.
7.-
Después de lo ocurrido en la península y en este
continente desde el retorno del trono, la nación americana
es acreedora a una garantía para seguridad: No puede
ser otra que poner en ejecución el derecho que tiene
guardar estos dominios a su soberano por sí mismo sin
intervención de gente europea.
De
tan incontestables principios se deducen estas justas pretensiones.
1.- Que los europeos resignen el mando y la fuerza armada en
un congreso nacional independiente de España, representativo
de Fernando 7°, que afiance sus derechos en estos dominios.
2.-
Que los europeos queden en clase de ciudadanos, viviendo
bajo la protección de las leyes, sin ser perjudicados en sus
personas, ni familias, y seguros de que se tendrá la
mayor consideración a sus haberes.
3.-
Que los europeos actualmente empleados queden con los honores,
fueros y privilegios, y con alguna parte de las rentas de sus
respectivos destinos, sin el ejercicio de ellos.
4.-
Que declarada y sancionada la independencia se echen en olvido
de una y otra parte, todos los agravios y acontecimientos
pasados, tomando a este fin las providencias mas activas;
y todos los habitantes de este suelo, así criollos como europeos
constituyan indistintamente una nación de ciudadanos
americanos, vasallos de Fernando 7°, empeñados en
promover la felicidad pública.
5.-
Que en tal caso la América podrá contribuir libremente
a los pocos españoles empeñados en sostener la
guerra de España con las asignaciones que el Congreso
Nacional le imponga en testimonio de su fraternidad con la península
y de que ambas conspiran a un mismo fin.
6.-
Que los europeos que quieran espontáneamente salir del
reino, [f. 158v] obtengan pasaporte para donde más les
agrade; pero en este caso los empleados antes no perciban la
parte de renta que se les asignare.
Plan
de guerra.
Principios
induvitables [sic] en que se funda.
1.-
La guerra entre hermanos y conciudadanos no debe ser mas cruel
que entre naciones extranjeras.
2.-
Los dos partidos beligerantes reconocen a Fernando 7°. Los
americanos han dado de esto, repetidas y evidentes pruebas,
jurándolo y proclamándolo en todas partes, llevando
su retrato por divisa, invocando su nombre en sus títulos
y providencias y estampándolo, en sus monedas y dinero
numerario: En este supuesto estriba el entusiasmo de todos y
sobre este pie ha caminado siempre el partido de la insurrección.
3.-
Los derechos de gentes y de guerra inviolables entre naciones
infieles y bárbaras, deben serlo mas entre nosotros,
profesores de una misma creencia y sujetos a un mismo soberano
y a unas mismas leyes.
4.-
Es opuesto a la moral cristiana proceder por odio, rencor o
venganza.
5.-
Supuesto que la espada haya de decidir la disputa y no las
armas de la racionalidad y prudencia por convenio y ajustes
concertados sobre las bases de la equidad natural, la lid
debe continuar del modo que sea menos oprensivo a la humanidad
demasiado afligida para dejar de ser objeto de nuestra tierna
compasión.
De aquí se deducen naturalmente estas pretensiones
1.- Que los prisioneros no sean tratados como reos de lesa majestad
2.-
Que a ninguno se sentencie a muerte, ni se destine por esta
causa, sino que se mantengan todos en rehenes para un cange.
3.-
Que no sean incomodados con grillos, ni encierros, sino que
[f. 159] siendo esta una providencia de pura precaución,
se pongan sueltos en un paraje, donde no perjudiquen las
miras del partido en donde se hallen arrestados.
4.-
Que cada uno sea tratado según su clase y dignidad.
5.-
Que no permitiendo el derecho de guerra, la efusión
de sangre, sino en el actual ejercicio del combate, concluido
este, no se mate a nadie, ni se hostilice a los que huyen,
o rinden las armas, sino que sean hechos prisioneros por
el vencedor.
6.-
Que siendo contra el mismo derecho y contra el natural entrar
a sangre y fuego en las poblaciones, o asignar por diezmo
o quinto personas del pueblo para el degüello, en que se
confunden inocentes y culpados nadie se atreva bajo severas
penas a cometer este atentado horroroso que tanto deshonra a
una nación cristiana y de buena legislación.
7.-
Que no sean perjudicados los habitantes de pueblos indefensos
por donde transiten indistintamente los ejércitos
de ambos partidos.
8.-
Que estando ya a la hora de esta, desengañado todo el
mundo acerca de los verdaderos motivos de la guerra, no teniendo
lugar el ardid de enlazar esta causa con la de la religión,
como se pretendió al principio y advirtiéndose
que los americanos son los que tratan de mantenerla integra,
evitando el riesgo de que se mezcle toda otra creencia, que
no sea la católica; se abstenga el estado eclesiástico
de prostituir su ministerio con declamaciones, sugestiones y
de otro cualquier modo, conteniéndose dentro de los límites
de su inspección; y los tribunales eclesiásticos
no entremetan sus armas vedadas en asuntos puramente de estado,
que no los pertenecen; pues de lo contrario abaten seguramente
su dignidad, como lo está mostrando la experiencia y
exponen sus decretos y censuras a las mofas, irritaciones y
desprecio del público que en masa está deseando
ansiosamente el triunfo de su patria; entendidos de que en este
caso no seremos responsables de las resultas por parte de los
pueblos entusiasmados por su nación; aunque por la nuestra
protestamos desde ahora para siempre nuestro respeto y profunda
veneración a su carácter y jurisdicción
[f. 159v] en cosas propias de su ministerio.
9.-
Que siendo este un negocio de la mayor importancia, que concierne
a todos y a cada uno de los habitantes de este suelo indistintamente,
se publique este manifiesto y sus proposiciones por medio
de los periódicos de la capital del reino, para que
el pueblo compuesto de europeos y americanos, instruido de
lo que mas le interesa indique su voluntad, la cual debe
ser la norma de nuestras operaciones.
10.-
Que en caso de no admitirse ninguno de los planes propuso estos
se observaran rigurosamente las represalias.
Ved aquí hermanos
y amigos nuestros las proposiciones religiosas, políticas
y fundadas en principios de equidad natural que os hacemos consternados
de los males que afligen a toda la nación. En una mano
os presentamos el ramo de olivo y en la otra la espada; pero
no perdiendo de vista los enlaces que nos unen, teniendo presente
que por nuestras venas circula sangre europea, y que la que
está actualmente derramándose con enorme detrimento
de la monarquía y con el objeto de sostenerla integra
durante la ausencia del soberano, toda es española.
¿Que
impedimento justo tenéis para examinar nuestras proposiciones?
¿Con qué podéis honestar la terca obstinación
en no querer oírnos? ¿Somos acaso de menos condición
que el populacho de un solo lugar de España? ¿Y
vosotros sois de superior jerarquía a la de los reyes?
Carlos 3°, descendió de su trono, para oír
a un plebeyo, que llevaba la voz del pueblo, de Madrid en tiempo
de esquilache [sic]: A Carlos 4° le costó nada menos
que la abdicación de la corona el tumulto de Aranjuez,
solo los americanos cuando quieren hablar a sus hermanos en
todo iguales a ellos, en tiempo en que no hay rey, se les ha
de contestar a balazos. No hay pretexto con que podáis
honestar este rasgo del mayor despotismo.
Si al presente que
os Hablamos por última vez, después de haberlo
procurado infinitas, rehusáis admitir alguno de [f. 160]
nuestros planes, nos quedará la satisfacción de
haberos los propuesto en cumplimiento de los mas sagrados deberes,
que no saben mirar con indiferencia los hombres de bien:: De
este modo quedamos vindicados a la faz del orbe, y la posteridad
no tendrá que echarnos en cara procedimientos irregulares.
Pero en tal caso acordaros que hay un supremo severísimo
juez a quien tarde o temprano habéis de dar cuenta de
vuestras operaciones y de sus resultas, y reatos espantosos
de que os hacemos responsables desde ahora para cuando el arpón
de crueles remordimientos clavado en medio de una conciencia
despejada de preocupaciones no deje lugar mas que a varios y
estériles arrepentimientos: Acordaos que la suerte de
América no está decidida; que la de las armas
no siempre os favorece; y que las represalias en todo tiempo
son terribles.
Hermanos,
amigos y conciudadanos, abracémonos y seamos felices,
en vez de hacernos mutuamente desdichados. Real de Sultepec,
Mayo 16 de 1812.
Doctor
José María Coz. [rúbrica]
Operaciones
de Guerra, vol. 924, exp. 1.
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