Narración
que Ignacio Allende hace
del inicio de la guerra de independencia, 1810
En la villa de Chihuahua, a diez
días
del mes de mayo de mil ochocientos once, el señor juez
comisionado don Ángel Abella en prosecución de
las diligencias de que está encargado por el señor
Comandante General, se trasladó al hospital de esta villa
en donde se hallan presos los reos don Miguel Hidalgo y consortes.
Y constituidas en la prisión de don Ignacio José
Allende, teniéndolo a su presencia, le recibió
juramento que hizo por Dios Nuestro Señor y una señal
de la Santa Cruz, bajo el cual prometió decir verdad
en lo que supiere y le fuere preguntado, y siéndolo por
su nombre y apellido, edad, religión, estado, empleo,
calidad y vecindad. 1ª. Dijo: llamarse don Ignacio José
Allende y Unzaga, cuarenta años de edad, religión
Católica, Apostólica, Romana, su estado viudo,
empleo Capitán de Granaderos del Regimiento de la Reyna,
español americano, natural y vecino de la Villa de San
Miguel el Grande del Virreynato de Nueva España, y responde.
1ª.
Preguntado si sabe la causa de su prisión, por quién
fue aprehendido.
2ª.
[Preguntado si sabe] en dónde y qué otros sujetos
fueron aprehendidos con él, sus nombres y carácter
entre los insurgentes y cuál es su paradero actual, y
particularmente, el de los llamados don Miguel Hidalgo, don
José Mariano Jiménez y don Juan Aldama. Dijo que
aunque ignora de positivo la causa de su prisión, sospecha
será por haber tomado las armas contra el gobierno por
verse aquí, esto es, en esta villa que fue aprehendido
por un don Ignacio Elizondo según tiene entendido, y
un cuerpo de lanceros y otros, que de antemano tenían
abrazado el partido del declarante y por eso ignora la causa
positiva de su prisión, los cuales habiendo hecho buen
recibimiento al que [f. 6v] declara, y a los que le acompañaban,
pasaron a hacerles fuego y los tomaron por sorpresa: que fue
aprehendido en un paraje llamado Baján en la provincia
de Coahuila, y lo fueron con él; el teniente general
don Joaquín de Arias, capitán que era del regimiento
de infantería de Celaya; el brigadier don Juan Ignacio
Ramón que le parece era capitán de las compañías
del Nuevo Reyno de León; el exgeneralísimo don
Miguel Hidalgo, cura que era del pueblo de Dolores; el teniente
general don Juan Aldama, capitán del regimiento de dragones
de la Reyna; el capitán general don José Mariano
Ximénez; el mariscal de campo don Mariano Abasolo, capitán
que era de dragones de la Reyna; el mariscal de campo don Francisco
Lanzagorta, teniente del mismo regimiento de la Reyna; el mariscal
don Manuel Santa María gobernador de Monterrey; el brigadier
don N. Carrasco; el coronel don José Santos Villa; el
tesorero del ejército don Mariano Hidalgo; el mariscal
don Pedro Aranda; el coronel don N. León; don N. Valencia
de cuya graduación no se acuerda, que se agregó
al ejército en Zacatecas, y según tiene entendido
huyendo de la plebe que lo tuvo por europeo; don José
de la Canal y Ballejo, paisano; el coronel de la artillería
don N. Domínguez con otros varios y todos que no pudieron
escaparse del ejército que les seguía, cuyo paradero
actual ignora, aunque los más de los nombrados fueron
conducidos con el que declara desde Monclova a esta villa.
3ª.
Preguntado a dónde y con qué objeto el mismo que
declara [f. 7] y el ejército de que hace mención,
marchaban por el rumbo de Baján y de Monclova en donde
fueron aprehendidos. Dijo: que el punto y objeto a donde se
dirigían era primeramente ir a Monclova y allí
formar Consejo de Guerra a varios de los principales que lo
acompañaban por los malos procedimientos que sabía
habían tenido en sus comisiones, los cuales asegurados
y castigados dirigirse a Bexar en donde se harían fuertes
mientras se hacían de las armas que necesitaban en los
Estados Unidos, y en seguida volver a internarse dentro del
reyno de Nueva España en prosecución de su empresa,
y responde.
4ª.
Preguntado Qué por lo que tiene declarado se conoce que
sabe y es noticioso de la llamada insurrección, que a
mediados del mes de septiembre próximo pasado, se suscitó
en el pueblo de Dolores, San Miguel el Grande, y otros del virreynato
de Nueva España, diga quién o quiénes fueron
los primeros y principales motores de ella, con quiénes
y con qué medios contaron antes y después de promovida,
así de dentro como de afuera del reyno, quiénes
los han fomentado con caudales, consejos, arbitrios, esperanzas
o de cualquiera otra manera: las conexiones y relaciones que
por escrito, de palabra o por terceras personas hallan tenido
con tales sujetos de dentro y fuera del reyno y en dónde
paran las constancias que acreditan todo lo que dijere. Dijo:
que sabe y tiene noticia de lo que la pregunta inquiere: que
los primeros y principales motores de ella fueron el que declara
y don Miguel Hidalgo: que tuvo principio el día diez
y seis de [f. 7v] septiembre próximo pasado en el pueblo
de los Dolores, obispado de Valladolid en el modo y forma que
va a expresar: que el día quince de dicho mes, se trasladó
el declarante desde San Miguel el Grande al pueblo de Dolores
como una de tantas veces que solía hacerlo, habiendo
llegado allí a cosa de las seis de la tarde, apeándose
en la casa del cura Hidalgo, a que se siguió hablar entre
los dos del riesgo a que estaba expuesto el reyno de ser entregado
a los franceses porque para el concepto de los dos toda la grandeza
de España estaba inclinada o por mejor decidida por Bonaparte,
y que la península estaba perdida, excepto Cádiz,
de que debía de resultar que el reyno se perdería
también porque estaba indefenso, y las más de
sus autoridades públicas eran hechuras del tiempo del
Príncipe de la Paz, y no podía tenerse confianza
de ellas; que éstas y otras conversaciones semejantes
habían tenido los dos en otras concurrencias casuales;
y para remedio de este riesgo les parecía bien un plan
que se decía tratarse ocultamente en México de
reunir cierto número de sujetos de distintas clases,
los cuales hiciesen una representación al Virrey para
que se le hiciese presente lo referido, y solicitasen la formación
de una junta compuesta de regidores, abogados, eclesiásticos
y demás clases con algunos españoles rancios,
cuya junta debía tener conocimiento en todas las materias
de gobierno, y por la misma razón había de haber
una comisión de americanos en Veracruz, que recibiesen
las correspondiencias de España porque se temía
que se interceptaba y no se manejaba bien la fe pública,
y que no se manifestaba el verdadero [f. 8] estado de las cosas,
de cuyo plan les había dado noticias el capitán
don Joaquín Arias, como por el mes de julio o porque
venía de México, o porque se lo habían
escrito con la expresión de que este pensamiento entraba
la principal nobleza de aquella capital; pero ni el declarante
ni Hidalgo, a lo que tiene entendido, habían proyectado
por sí cosa alguna, si no que estaban pendientes de lo
que salía del referido plan, u otro que se adoptase al
objeto de la seguridad del reyno, y solo para auxiliar este
plan, en el caso que el gobierno no lo admitiese y sacrificase
a los primeros representantes había apalabrado el declarante
en Querétaro y en San Miguel el Grande a algunos sujetos
que por su parte apalabrasen a otros con el fin de tener gente
pronta para usar de la fuerza en aquel caso que ya debía
ser necesaria, cuya operación tuvo principio desde febrero
o marzo del año próximo pasado.
En este
estado y por ser ya muy tarde el señor juez comisionado
don Ángel Abella mandó suspender esta declaración
para continuarla en la tarde de este mismo día, la cual
leída que le fue al declarante. Dijo ser la misma que
lleva hecha y su contenido la verdad so cargo del juramento
que lleva prestado en que se afirmó y ratificó
y firmó con dicho señor comisionado y conmigo
el presente escribano de que doy fe. Excepto Cádiz,
entre renglones. vale.
Ángel Abella [rúbrica] Ignacio José de
Allende [rúbrica]
Ante mí,
Francisco Salcido [rúbrica]
En la tarde
del mismo día el señor juez comisionado[f.8v.]
continuando la declaración que quedó pendiente,
y estando presente el declarante. Dijo: que el encargado en
Querétaro fue don Epigmenio González, un don Ignacio
cuyo apellido no tiene presente, un don N. Lozada, y no conoce
a varios otros sujetos que con ellos concurrían a sus
conversaciones, y sin duda serían de sus confianzas,
y en San Miguel el Grande el mismo declarante, don Juan Aldama,
y don Joaquín Ocón, que poco ha existía
en la misma villa, y todos debían de ir insinuando estas
mismas ideas a los que apalabrasen: que a igual acopio de gentes
se había propuesto el cura Hidalgo en Dolores y sus alrededores
asociados a lo que presume de don Mariano Montemayor porque
era el que con más confianza presenciaba las conversaciones
de los dos, y entre todos habrían juntado, desde la época
referida hasta que se verificó la insurrección,
como tres mil, de los cuales mil ochocientos eran agenciados
por los confidentes de Querétaro, según ellos
decían, pues el que declara no lo sabe, como tampoco
si era cierto lo que estos anunciaban, de haber muchos en México
igualmente prevenidos y hasta tropas ganadas, sin embargo de
que por lo que el declarante tenía observado en México,
no lo dudaba. En esto pasó el declarante al pueblo de
Dolores, como tiene dicho, y a hora de las doce de la noche
llegó don Juan Aldama con la noticia de que en Querétaro
se había aprehendido a su confidente don Epigmenio González
y a otros, y de que consecutivamente venían a aprehender
al declarante, visto lo cual, y no pudiendo dudar de que así
sería; por mediar las relaciones que tiene expresadas,
entraron los tres, Aldama, Hidalgo y el que declara en consulta
sobre lo que debían hacer, en que se resolvió
entrando en el acuerdo don Mariano Hidalgo, y don Santos Villa,
[f. 9] convocar en la misma noche los vecinos que estaban o
se consideraba estarían prontos a seguirlos y juntos
hasta ochenta hombres fueron al cuartel y se apoderaron de las
espadas de una compañía que estaban depositadas
allí, y luego se distribuyeron por las casas de los europeos
para que los fuesen asegurando, según fuesen abriendo
sus puertas por la mañana, y al declarante le cupo la
casa del subdelegado don Nicolás Rincón a quien
también se le aprehendió sin embargo de ser criollo,
porque se temía que no había de ser de su partido,
y cuando el declarante se llevaba al subdelegado le dijeron
en medio de la plaza que se dirigiese a la cárcel pues
ya estaban allí todos los europeos, habiendo antes puesto
en libertad a los presos, no sabe si por disposición
de Hidalgo o de algún otro; y para aquella hora que serían
las seis de la mañana ya se habrían juntado hasta
doscientos hombres, y apoco rato llegarían a quinientos
por ser día domingo y de mercado; que inmediatamente
trataron de dirigirse a San Miguel el Grande con el fin de practicar
igual operación, y don Juan de Aldama se quedó
encargado de conducirlos los europeos, que serían de
diez y ocho a veinte, a las inmediaciones de San Miguel el Grande,
hasta ver el resultado de su empresa y no exponerlos al furor
de la plebe: hicieron alto en Atotonilco en donde tomaron de
casa del capellán don Remigio González un lienzo
de nuestra Señora de Guadalupe por idea de alguno de
la compañía, el cual pusieron en una garrocha
y continuaron su marcha para el lugar de su destino, a donde
llegaron ya de noche y hallaron que el pueblo estaba alborotado,
y gritando viva la América y muera el mal Gobierno: los
europeos que se habían hecho fuertes en las Casas Reales
[f. 9v] se entregaron al que declara por ser ya mucha la plebe
que se había juntado, y algunos, gritaban que mueran
los gachupines; pero el que declara pudo contenerlos con mucho
trabajo aunque no pudo evitar el saqueo de tres a cuatro tiendas,
y así quedó entablada la insurrección:
que antes de este acontecimiento no contaban con más
gentes, ni con mas medios que los que aparecen de lo que lleva
declarado, ni han tenido otras conexiones ni relaciones sea
por escrito de palabra o por terceras personas, ni quien los
fomentase con dinero ni cosa alguna de lo que inquiere la pregunta;
y después así como la resolución fue violenta,
los medios de continuar la empresa, lo fueron igualmente, pues
que ni aún armas tenían propias para la empresa,
como que el acopio que habían procurado de gentes se
trataba sin formalidad ninguna, y solo para en el caso que se
figuraba, para el cual siendo los más rancheros no podían
faltarles las de su uso y costumbre; y aún por lo que
hace al número de gente que tiene declarado, no tiene
más dato en cuanto a la de Querétaro que el dicho
de los confidentes, porque habiendo pasado a aquella ciudad
en fines de agosto o principios del mismo mes de septiembre,
y conferenciado con ellos sobre el particular se lo dijeron
así, y habiéndoselo avisado al cura Hidalgo y
que se acercase allá para que se certificase por sí
mismo de la verdad, se satisfizo sobre su palabra y se retiró
a Dolores; pero habiéndole faltado al declarante a la
que le había dado el llamado don Ignacio de presentarle
en cierto día de quince a veinte rancheros, dueños
o arrendatarios de rancho que decía le tenían
ofrecido hasta trescientos hombres, le participó esta
novedad [f. 10] a Hidalgo: éste le contestó por
un papel sin firma, se apartaba de lo tratado, y que no contase
con él para nada; mas como a pocos días el dicho
don Ignacio como viniese a Querétaro y lo hubiese citado
para salir a extramuros de la ciudad a abocarse con los expresados
rancheros con la disculpa de no haber podido acudir el día
señalado por haber estado ocupados en unos rodeos, lo
verificó; y habiéndolos visto efectivamente se
manifestaron comprometidos a presentar si fuere necesario trescientos
hombres, con que satisfecho el declarante se vino a San Miguel
el Grande y se vió con Hidalgo en Dolores, el que con
esta noticia volvió a animarse a seguir el mismo sistema;
que de las demás gente de Querétaro estaba creído
sería seguro por la formalidad de los confidentes don
Epigmenio, y Lozada y demás que concurrían con
ellos, y responde.
En este Estado y por ser ya muy
tarde el señor
juez comisionado don Ángel Abella, mandó suspender
esta declaración para continuarla el día de mañana,
la cual leída que le fue al declarante. Dijo ser la misma
que lleva hecha y su contenido la verdad so cargo del juramento
que tiene prestado en que se afirmó y ratificó
y firmó con dicho Señor comisionado y conmigo
el presente escribano de que doy fe.
Ángel Abella [rúbrica] Ignacio de Allende [rúbrica]
Ante mí,
Francisco Salcido [rúbrica]
Historia,
vol. 584-2, exp. 1, fs. 6-10.