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Original.
Discurso inaugural del Congreso de Chilpancingo, pronunciado por José María
Morelos, 1813
Discurso
pronunciado por el rebelde Morelos en la Junta revolucionaria
de Chilpancingo el 14 de septiembre de 1813, compuesto por
el cabecilla licenciado Carlos María Bustamante* .
Señor:
Nuestros enemigos se han empeñado en manifestarnos hasta
el grado de evidencia ciertas verdades importantes que nosotros
no ignorábamos, pero que procuró ocultarnos cuidadosamente
el despotismo del gobierno bajo cuyo yugo hemos vivido oprimidos.
Tales son: que la soberanía reside esencialmente en los
pueblos; que transmitida a los monarcas, por ausencia, muerte
o cautividad de éstos, refluye hacia aquéllos; que
son libres para reformar sus instituciones políticas, siempre
que les convenga; que ningún pueblo tiene derecho para
sojuzgar a otro, si no precede una agresión injusta.
¿Y
podrá la Europa, principalmente la España, echar
en cara a la América como una rebeldía este sacudimiento
generoso que ha hecho para lanzar de su seno a los que al mismo
tiempo que decantan y proclaman la justicia de estos principios
liberales, intentan sojuzgarla, tornándola a una esclavitud
más ominosa que la pasada de tres siglos? ¿Podrán
nuestros enemigos ponerse en contradicción consigo mismos
y calificar de injustos los mismos principios con que canonizan
de santa, justa y necesaria su actual revolución contra
el Emperador de los franceses? ¡Ay de mí! Por desgracia
obran de este modo escandaloso, y a una serie de atropellamientos,
injusticias y atrocidades, añaden esta inconsecuencia
para poner el colmo a su inmoralidad y audacia.
Gracias
a Dios que el torrente de indignación que ha corrido por
el corazón de los americanos los ha rebatado [sic]
impetuosamente, y todos han volado a defender sus derechos,
librándose en las manos de una providencia bienhechora
que da y quita, erige y destruye los imperios según sus
designios. Este pueblo oprimido, semejante con mucho al de Israel
trabajado por Faraón, cansado de sufrir, elevó sus
manos al cielo, hizo oir sus clamores ante el solio del Eterno
y, compadecido éste de sus desgracias, abrió su
boca y decretó ante la corte de los serafines que el Anáhuac
fuese libre. Aquel espíritu que animó la enorme
masa que vagaba en el antiguo caos, que le dio vida con un soplo
e hizo nacer este mundo maravilloso, semejante ahora a un golpe
de electricidad, sacudió espantosamente nuestros corazones,
quitó el vendaje a nuestros ojos y tornó la apatía
vergonzosa en que yacíamos en un furor belicoso y terrible.
En el pueblo de Dolores se hizo oír esta voz, semejante
a la del trueno, y propagándose con la rapidez del crepúsculo
de la aurora y del estallido del cañón, he aquí
transformada en un momento la presente generación, briosa
y comparable con una leona que atruena la selva buscando sus cachorrillos,
se lanza contra sus enemigos, los despedaza, los confunde y persigue.
De este modo, la América, irritada y armada después
con los fragmentos de sus cadenas opresoras, forma escuadrones,
multiplica ejércitos, instala tribunales y lleva por todo
el Anáhuac la desolación y la muerte!!!.
[sic]
Señor:
tal es la idea que me presenta V.M. cuando le contemplo en la
actitud honrosa de destruir a sus enemigos y de arrojarlos hasta
los mares de la Bética. Pero ¡ah!, la libertad, este
don precioso del cielo, este patrimonio cuya adquisición
y conservación no se consigue sino a merced de la sangre
y de los más costosos sacrificios, cuyo precio está
en razón del trabajo que cuesta su recobro, ha vestido
a nuestros padres, hijos, hermanos y amigos, de duelo y amargura.
¿Por qué, quién es de nosotros el que no
haya sacrificado alguna de las prendas más caras de su
corazón? ¿Quién no registra entre el polvo
y ceniza de nuestros campos de batalla la de algún amigo,
padre, deudo o amigo? [sic] ¿Quién el que en la
soledad de la noche no ve su cara imagen y oye los heridos gritos
con que clama por la venganza de sus asesinos? Manes de Las Cruces,
de Aculco, Guanajuato y Calderón, Zitácuaro y Cuautla,
unidos con los de Hidalgo y Allende. ¡Vosotros sois testigos
de nuestro llanto! Vosotros, digo, que sin duda presidís
esta augusta asamblea meciéndoos en derredor de ella, recibid
el más solemne voto que a presencia vuestra hacemos en
este día, de morir o salvar la Patria. ¡Morir o
salvar la Patria!
Señor:
estamos metidos en la lucha más terrible que han visto
las edades de este continente. Pende de nuestro valor y de la
sabiduría de V.M. la suerte de seis millones de americanos
comprometidos en nuestra honradez y valentía. Ellos se
ven colocados entre la vida o la muerte, entre la libertad o la
servidumbre. ¿Decid ahora si es empresa difícil
la que hemos acometido y tenemos entre manos? Por todas partes
se nos suscitan enemigos que no se detienen en los medios de hostilizarnos,
aunque reprobados por el derecho de gentes, como consigan el fin
de esclavizarnos. El veneno, el fuego, el hierro, la perfidia,
la cábala: he aquí las baterías que nos asestan
y con que nos hacen la guerra más ominosa. Pero aún
tenemos un enemigo más funesto, más atroz e implacable,
y ése habita en medio de nosotros: son las pasiones que
despedazan y corroen nuestras entrañas, nos destruyen interiormente
y se llevan además al abismo de la perdición innumerables
víctimas; pueblos hechos el vil juguete de ellas. ¡Buen
Dios! Yo tiemblo al figurarme los horrores de la guerra, pero
aún me estremezco más al considerar los de la anarquía.
No permita Dios que mi lengua emprenda describir menudamente sus
estragos desastrosos, pues sería llenar a V.M. de consternación
que debemos alejar en este fausto día. Ceñiréme
a asegurar con confianza que los autores de ella son reos delante
de Dios de la sangre de sus hermanos, y más culpables aún
que sus mismos enemigos. ¡Ah, tiemblen los motores y atizadores
de esta llama infernal, al considerar a los pueblos envueltos
en las desgracias de una guerra civil, por haber fomentado sus
caprichos! ¡Tiemblen al contemplar la espada vengadora de
sus derechos entrada en el pecho de su hermano! ¡Tiemblen,
en fin, al ver de lejos a sus enemigos, a esos cruelísimos
europeos, riéndose y celebrando con el regocijo de unos
caribes sus desdichas como el mayor de sus triunfos!
Este
cúmulo de desgracias, reunidas a las que personalmente
han padecido los heroicos caudillos libertadores del Anáhuac,
oprimidos ya en las derrotas, ya en la fuga, ya en los bosques,
ya en las montañas, ya en las márgenes de los ríos
caudalosos, ya en los países calidísimos, ya careciendo
hasta del alimento preciso para sostener una vida miserable y
congojosa, lejos de arredrarlos sólo han servido para atizar
más y más la hermosa y sagrada llama del patriotismo
y exaltar su noble entusiasmo. Déjeseme repetirlo: todo
les ha faltado alguna vez, menos el deseo de salvar la Patria.
Los defensores de ella, ¡ah, recuerdo tiernísimo
para mi corazón!, han mendigado el pan de la choza humilde
de los pastores y enjugado sus labios con la agua inmunda de las
cisternas. Pero, ¡oh, misericordias del Altísimo!,
todo ha pasado como pasan las tormentas borrascosas: las pérdidas
se han repuesto con creces, a las derrotas y dispersiones han
sucedido las victorias, y los hijos del Anáhuac jamás
han sido más formidables a sus enemigos que cuando han
vagado errantes por las montañas, ratificando a cada paso
y peligro el voto de salvar la Patria y vengar la sangre de sus
hermanos.
V.M.,
Señor, por medio de los infortunios ha recobrado su esplendor,
ha consolado a los pueblos, destruido a sus enemigos y logrado
la dicha de augurar a sus amados hijos que no está lejos
el suspirado día de su libertad y de su gloría.
V.M. ha sido como una águila generosa que ha salvado sus
polluelos de las rapaces uñas de las demás aves
dañinas que los perseguían, y colocándose
sobre el más elevado cedro les ha mostrado la astucia y
vigor con que los ha librado. V.M. es esta águila, tan
majestuosa como terrible, que abre en este día sus alas
para colocarnos bajo de ellas y desafiar desde este sagrado asilo
a la rapacidad de ese león orgulloso que hoy vemos entre
el cazador y el venablo. Las plumas que nos cobijan serán
las leyes protectoras de nuestra seguridad; sus garras terribles,
los ejércitos ordenados; sus ojos perspicaces, la sabiduría
profunda de V.M. que todo lo penetre y anticipe. ¡Día
grande, día fausto, venturoso día en que el sol
alumbra con la luz más pura, aun a los más apáticos
e indiferentes! ¡Genios de Moctezuma, Cacama, Quautimotzin,
Xicotencal y Calzontzin [sic], celebrad en torno de esta augusta
asamblea y concelebrábais el Mitote en que fuisteis acometidos
por la pérfida espada de Alvarado, el fausto momento en
que vuestros ilustres hijos se han congregado para vengar vuestros
ultrajes y desafueros y librarse de las barras de la tiranía
y fanatismo** que los iba a sorber para siempre! Al 12 de agosto
de 1521 sucedió el 14 de septiembre*** de 1813; en aquél
se apretaron las cadenas de nuestra servidumbre en México-Tenochtitlan;
en éste, se rompen para siempre en el venturoso pueblo
de Chilpancingo.
¡Dios grande y
misericordioso, Dios de nuestros padres, loado seas por una eternidad
sin principio, y cada hora, cada momento de nuestra vida sea señalado
con un himno de gracias a tamaños e incalculables beneficios!
Pero, Señor, nada hagamos, nada intentemos si antes y en
este lugar no juramos todos, a presencia de este Dios benéfico,
salvar la Patria, conservar la religión católica,
apostólica, romana, obedecer al romano Pontífice,
vicario en la tierra de Jesucristo, formar la dicha de los pueblos,
proteger todas las instituciones religiosas, olvidar nuestros
sentimientos, mutuos y trabajar incesantemente en llenar estos
objetos. ¡Ah, perezca antes el que posponiendo la salvación
de la América a su egoísmo vil, se muestre lento
y perezoso en servirla y en dar ejemplos de un acrisolado patriotismo!
Señor:
vamos a restablecer, mejorando el gobierno, el Imperio Mexicano****,
vamos a ser el espectáculo de las naciones cultas que nos
observan; vamos, en fin, a ser libres e independientes. Temamos
al juicio de una posteridad justa e inexorable que nos espera.
Temamos a la Historia que ha de presentar al mundo el cuadro de
nuestras acciones, y ajustemos nuestra conducta a los principios
más sanos de honor, de religión y de política.
Dije.
*[Encabezado
puesto al original insurgente por el escribano de la secretaría
del virrey Calleja, Patricio Humana, en 31 de octubre de 1814.]
**[Morelos
tachó “8” e interpoló "14".]
***[En lugar de "francmasonismo”, tachado por Morelos.]
****[Morelos
hizo aquí una enmienda política fundamental. El
original de Bustamante, decía: “Señor, vamos
a restablecer el Imperio Mexicano; vamos a preparar el asiento
que debe ocupar nuestro desgraciado Príncipe Fernando VII,
recobrado que sea del cautiverio en que gime". Esto último
fue tachado por el caudillo.]
Actas
de Independencia y Constituciones de México, exp.
4.
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